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Entrevista con Carlos Monsiváis. Sexo pudor y medios

Sexo, pudor y medios

ENTREVISTA CON CARLOS MONSIVAIS

En esta entrevista, el autor de Escenas de pudor y liviandad y Aires de familia (premio Anagrama de Ensayo) exhibe algunas de las falacias que utiliza la derecha para dar respiración artificial a la censura, disimular su propio “arrinconamiento cultural”, y volverse publicista involuntaria de todo lo que le escandaliza y ofende; de igual modo, Monsiváis advierte en el auge de las tecnologías nuevas y en la creciente liberalización de los medios, formas novedosas de fortalecer las conquistas civilizatorias.

ALEJANDRO BRITO Y ANTONIO MEDINA
 

¿En qué momento perdió su pudor sexual la televisión mexicana?
En el preciso instante en que seguirlo manteniendo, además de ser fuente del humor involuntario, costaba mucho dinero. Por “pudor televisivo” se ha entendido, únicamente, el velo de hipocresía que se tiende sobre las situaciones para que los niños de la casa no se inquieten y pregunten: “Oye papá, ¿cómo se mide la calidad del orgasmo?” Y ese “pudor”, ese nunca mostrar a las parejas en cama, ese suponer que el desnudo femenino y el desnudo masculino no ocurren en la realidad, funcionó o no fue demasiado grotesco mientras, en efecto, la familia entera, incluidos los muebles, veía televisión en forma coral. Acto seguido, ya con varios aparatos de televisión en la misma casa o con las familias más habituadas a la franqueza, o desembarazadas de la hipocresía, sostener el mito del pudor disminuía el hechizo televisivo. Y la fortaleza del “pudor” se derrumbó a partir de los anuncios de ropa interior.

 

En Aires de familia usted ubica a la televisión en “el centro del diálogo familiar”. En materia de sexualidad, ¿ese medio le arrebató a la escuela y la familia su función formadora de niños y adolescentes?
Esa función ha sido, de modo proverbial, patrimonio de la Calle, o de los amigos de infancia y adolescencia. La escuela, de manera responsable, sólo en años recientes asume la pedagogía en materia de información sexual, y otro tanto puede decirse de la familia. A estas alturas, ya las nuevas generaciones de padres y madres hablan con sus hijos de sexualidad y hay que ver cómo las antiguas confesiones se transforman en información escueta: “Fíjate mamá que soy gay y quiero que conozcas a mi amigo.”

 

¿A qué responde el auge de los talk shows, que representan lo que usted llama el “derrumbe de inhibiciones” en los medios electrónicos? ¿A una necesidad genuina del público? ¿Los mexicanos estábamos ansiosos de hablar de sexo?
Desde hace años se ha repetido con frecuencia un comentario: el “secretito sucio” no es asunto del sexo sino del éxito. Todos queremos triunfar y nos da pena decirlo porque lo más probable es que fracasemos o que ya seamos fracasados notorios. Y eso no se oculta. En cambio, hablar de las relaciones sexuales es más bien asunto de la imaginación o de la mitomanía. Como los demás no estuvieron “allá, a esa hora”, les toca creernos o no en el relato de los affaires. Basta ver el choteo del ligue en estos días. Nunca tantos se habían adjudicado tantas proezas sexuales y méritos genitales.

En este orden de cosas, un talk show es el reclamo de atención por parte del anonimato, es la exigencia de la masificación del escándalo, es el exhibir la vida inadvertida como material de telenovela. Nada más genuino que el afán de ser por los demás. Los mexicanos, y todos los demás, estamos ansiosos de notoriedad. En cada club de fans alienta el deseo de un club de banqueros.

 

Ante la gran profusión de medios informativos y de entretenimiento parece imposible establecer un control sobre contenidos y mensajes. ¿La técnica venció finalmente a la censura?
El siglo XXI será la época en que la censura necesitará disfrazarse para volver a reinar. Por lo pronto, yace en ruinas. Antes, se prohibía y nadie volvía a enterarse de la suerte de lo prohibido. Hoy, prohibir es hacerle publicidad a lo prohibido. ¿Qué se logró con la impresionante campaña mundial de El Vaticano contra La última tentación de Cristo, de Scorsese? Que quien lo desee, compre el video o el DVD, se escandalice de que alguien haya podido escandalizarse con esta película. A la censura tradicional la tecnología la enterró.

 

Algunos teóricos le otorgan a la televisión tal influencia que afirman que está modificando la naturaleza humana. Sin embargo, como usted afirma, “nadie incorpora mecánicamente a su vida lo que oye y ve”. ¿Hasta qué grado la televisión ha modificado hábitos y costumbres sexuales en la población mexicana?
Anoto en mi respuesta algunos hechos sobresalientes:

a) Como han dicho ya dos Secretarios de Gobernación: la televisión ha sido en las ciudades pequeñas, en el campo y en las colonias populares de las grandes ciudades, un gran cinturón de contención demográfica. Más telenovelas, menos hijos. La hora del instinto le cede el campo a los comerciales.

b) Como antes el cine, pero aquí con carácter de ley, la televisión indica hasta dónde se puede llegar. Al contrario del cine, no es el espacio de vanguardia de las costumbres. A partir de la normalización del adulterio, ¿quién se estremecerá de horror ante su sola mención? A partir de la inclusión de personajes gay en telenovelas, miniseries y películas para la televisión, ¿quién dirá que de la homosexualidad “no se habla en esta casa”? Verifíquese el fenómeno actual de la serie Will y Grace, con un personaje central que es gay. La televisión no anticipa pero sí certifica y legitima.

c) Un hábito sexual de principio del nuevo milenio: la codificación cuidadosa y casi científica del cuerpo como instrumento de alta precisión sexual. Los gimnasios son estrictamente laboratorios corporales, y la televisión despliega los cuerpazos (ver Bay Watchers por ejemplo) para incitar a la emulación.

d) Ya demasiados se han acostumbrado a hacer el acto sexual con la televisión encendida. Así, la televisión es el rumor social que acompaña el ruido genital, y lo oído en estas circunstancias suele escucharse con sentido muy crítico. Por eso, el sexo con la pantalla encendida es una guía para verificar la seriedad o la solemnidad (risible) de los programas.

 

¿Está justificada la visión apocalíptica de la derecha mexicana, que ve a la televisión como la gran destructora de los valores familiares?
Por supuesto que no. Esto no es sino otra maniobra de la derecha, que ya no sabe a quién atribuirle su arrinconamiento cultural. El gran destructor de los valores familiares es el proceso civilizatorio, pero esta afirmación requiere de matices. El proceso civilizatorio no destruye los “valores familiares”, que persisten; hace a un lado y declara obsoletos aquellos “valores familiares” fundados en la tiranía patriarcal, la humillación sistemática de las mujeres, la opresión de los hijos, etcétera. Simplemente las tesis feministas y la feminización de la economía liquidan el rol absolutamente casero de las mujeres. ¿En qué interviene aquí la televisión? En el registro atenuado de los hechos y en la presentación de los nuevos modelos de vida. Esto es importante, pero no es lo central. La televisión más bien solidifica el mito de la familia.

 

Si la censura no es salida, ¿cómo podrían regularse los contenidos sexistas, homófobos, racistas y de violencia extrema en programas de televisión y cuál sería la participación de la ciudadanía o de la sociedad civil?
Se puede regular del modo en que ya se hace: ampliando y sistematizando la estrategia. Se recurre a las movilizaciones, a las protestas, a las críticas en los medios, se convierte a la discriminación y a la intolerancia en (lamentables) hechos mediáticos, y se demanda la solidaridad de los no afectados directamente. En Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Holanda, a los racistas y los homófobos se les rechaza de inmediato. En este campo, lo más difícil es el capítulo de la violencia porque la censura termina por no servir de nada, y la diseminación visual de la violencia puede ser catártica o puede ser didáctica.

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